La disciplina positiva es una filosofía educativa basada en los presupuestos de los psicólogos Alfred Adler y Rudolf Dreikurs: el respeto mutuo y la dignidad del ser humano. Tiene que ver con dotar a los niños de estrategias, habilidades, enseñanzas y educación; siendo nosotros los moderadores de su conducta, guías en el proceso de aprendizaje del niño desde una perspectiva del cariño y el respeto, y enfocados a la búsqueda activa de solución de los problemas que puedan surgir.

Se basa en que las familias eduquen a sus hijos de la manera en que denominaremos firme, pero amable. Para que esto ocurra, la educación de los hijos debe nutrirse en la comprensión y la empatía, en el cariño, sin caer en los límites de la permisividad y evitando el uso de los castigos.

¿Cómo lo logramos?

No es sencillo, pero sí posible. Ante todo, a la hora de educar a un niño hay que demostrarle que se le quiere incondicionalmente y hacerle llegar que comprendemos cómo se siente en un momento determinado (conectar emocionalmente). Por ejemplo, conectamos con el niño cuando le decimos: “Sé que estás enfadado…” “Veo que estás algo triste, ¿qué ha ocurrido?” “Es normal que te haya molestado…” Conectamos cuando comprendemos y normalizamos cómo se siente en cada momento.

Una vez hemos logrado conectar con cómo se sienten, nos comunicamos. Esta comunicación será activa, bidireccional, involucrando al niño sin caer en monólogos en los que le diremos qué debe hacer, cómo debe pensar o qué está bien y qué mal. En lugar de emplear fórmulas del tipo: “tienes que hacer esto” o “te has comportado mal con ese niño, ni se te ocurra repetirlo” es más efectivo invitar a los niños a que lleguen ellos mismos a estas conclusiones: “Son las diez, ¿qué es lo que toca hacer a esta hora?” “¿Cómo te sentirías tú si te dicen lo que le has dicho a ese niño? ¿Crees que es correcto?” Para aprender, deben conocer y comprender el por qué de las cosas, no es suficiente decirles qué deben hacer.

Habrá que favorecer que tomen sus propias decisiones y solucionen ellos mismos los pequeños problemas que se le vayan planteando en su día a día. Puede que se nos plantee la tentación de decirle cómo resolver un problema, darle directamente la solución o resolvérselo nosotros mismos. Por ejemplo, en caso en que discuta con otro niño es fácil caer en comentarios del tipo: “pídele disculpas” “dile que te parece mal lo que ha hecho…”. Si trae tareas del colegio y dice no saber resolverlas, terminamos por decirle cómo se hace o incluso hacerlas nosotros mismos. Ante estas mismas situaciones, una solución conjunta que favorece la toma de decisiones y resolución de problemas se obtendría del siguiente modo: “Vaya, comprendo que te hayas puesto triste por lo ocurrido con tu amigo, ¿cómo piensas solucionarlo, qué crees que podemos hacer para arreglarlo?”. En el caso de los deberes: “Sí, parece complicado, comprendo que te cueste, pero ya has hecho otras cosas muy difíciles. Vamos a ver, ¿cómo se te ocurre que podemos hacer este ejercicio?”. En primer lugar, hemos conectado con sus sentimientos. Y tras ello, le hemos invitado a dar una solución. Proponiendo la solución conjunta no se sentirá abandonado, y se involucrará activamente en el problema. En aquellas ocasiones en que le cueste mucho dar una respuesta o sea más problemático darle libre albedrío de decisión, podemos plantearle alternativas (“¿Prefieres que vayamos a hablar con ella ahora, o luego cuando estés mas calmado?”), fomentando así esa sensación de toma de decisiones y consiguiendo que se involucre activamente de nuevo. Todo esto va a favorecer también una sensación de control sobre los problemas del día a día, favoreciendo un autoconcepto positivo, de gran importancia en momentos del desarrollo que van a constituir la base de cómo será en un futuro.

¿Dónde quedan los castigos y los premios dentro de la disciplina positiva?

Ni los castigos ni los premios van a conseguir cambios en la conducta de los niños a largo plazo. Mediante los castigos se logra un cambio de conducta inmediato, por miedo a las consecuencias negativas que estos acarrean: pero a largo plazo no se va a mantener. Si castigamos a un niño por no hacer los deberes, los hará durante unos días. Pero cuando piense que no nos vamos a enterar de que no los está haciendo (o haya sido castigado tantas veces que le es indiferente), dejará de hacerlos nuevamente. Por otro lado, los premios logran también un cambio de conducta inmediato para conseguir este objeto/actividad deseados. Está motivado, por tanto, extrínsecamente (por elementos externos a el), lo que significa que, en el momento en que no exista un premio, ya no tiene motivos para hacer sus tareas, estas ya no valen nada, y dejará de hacerlas: los premios tampoco logran un cambio mantenido a largo plazo.

Mantener un cambio de conducta a largo plazo requiere de la aparición de motivación intrínseca: Esto quiere decir, hacer las cosas porque quiere hacerlas. Que le interese, le motive por sí mismo y no por premios ni por evitar consecuencias negativas. En el caso de los deberes, un ejemplo de motivación intrínseca sería que quiera hacerlos porque le gusta mejorar, conocer, aprender, porque ve que cuando se esfuerza hace las cosas bien, y se le puede reconocer que lo ha hecho bien, pero no premiar (ni castigar si lo ha hecho mal). En niños, esto parece una utopía, pero tiene que ver más con lograr en ellos una autoconciencia: Que vean de lo que son capaces. Que reflexionen acerca de lo que ocurre cuando hacen algo mal, y cuando lo hacen bien.

Cuando un niño hace algo bien, destacaremos que lo ha hecho bien: “Qué bien lo has hecho, te has esforzado, y al final has conseguido lo que querías”. Es preferible evitar comentarios del tipo “qué bueno eres, qué listo eres” ya que entonces no hará las cosas por sí mismo (motivación intrínseca) sino para conseguir nuestra aprobación (motivación extrínseca). Vamos a centrar la atención del niño en que él mismo ha hecho, ha conseguido algo, con su esfuerzo. Nos vamos a centrar en la tarea que realiza y el logro obtenido, no en su persona, lo genial que es, o cómo de mejor que otros es.

En los casos en que un niño no cumple con sus tareas o se porta mal, es preferible frente al castigo que observe las consecuencias directas de sus actos. No pasa nada si un día no hace los deberes, por ejemplo, permitiéndosele vivir las consecuencias negativas de sus actos (reacción de sus profesores, mala nota…). Si no quiere cenar o terminarse la verdura, que no lo haga. No pasa nada porque un día coma menos, y si tiene hambre terminará por comer lo que le pongamos.

Una situación muy susceptible del castigo que podría darse es, por ejemplo, que un niño pegue a otro en el parque al discutir por un juguete. Con un castigo no va a aprender de lo ocurrido. Es sin embargo más efectivo que reflexionemos con él acerca de lo ocurrido: “Entiendo que te enfadases, pero pegar a otra persona no es la mejor solución, le has hecho daño, ¿Crees que es la mejor manera de solucionar el conflicto lo que has hecho? ¿Ha servido de algo pegarle al otro niño? ¿Cómo te sentirías tú, cómo crees que se estará sintiendo el otro niño? ¿Cómo podríamos haber resuelto esto de una manera mejor?”.

Otra situación habitualmente foco de los castigos, tiene que ver con los deberes y las notas del colegio. Cuando los resultados son negativos, tendemos a castigar por ello. Es importante identificar por qué esos resultados son negativos. Conectaremos con el niño ya que posiblemente se sienta mal consigo mismo por el suspenso. Y le ayudaremos a identificar que es capaz, y que puede mejorar: “otras veces has sacado muy buenas notas, ¿Qué es lo que ha cambiado, qué diferencia hay? ¿Qué crees que podríamos hacer para que consigas sacar mejor nota en el próximo examen?” si existe mucho bloqueo: “¿Crees que podríamos estudiar más, o hacer más ejercicios, o tal vez preferirías un profesor de apoyo o estudiar con otros compañeros?”.

Junto con esta dinámica de no castigar ni premiar, lo que vamos a establecer son una serie de normas y condiciones que siempre deberán ser cumplidas, sin excepción: Se establecerán qué tareas debe cumplir, y cuáles antes de poder dedicar tiempo a su ocio (por ejemplo, “cuando recojas tu cuarto podrás bajar al parque a jugar con tus amigos”). Estas normas serán firmes y se establecerán conjuntamente con el niño, de manera que las conozca, comprenda y se involucre en ellas. Podemos indicarlas en un póster que hagamos juntos, de manera que sean fácilmente visibles y se conviertan en una rutina. De este modo, desde el principio entienden tanto lo que tienen que hacer como lo que ocurre si no lo hacen.

Clima y relaciones positivas como base para disciplina positiva

Es importante dentro de esta filosofía el crear y mantener un clima positivo con los hijos. Trabajar una buena relación, conversar por el gusto de hacerlo, interesarnos por lo que les interesa y escucharlos cuando de verdad estamos dispuestos a hacerlo. Aprovechar cuando ellos se quieren comunicar con nosotros, mostrando atención e interactuando activamente cuando inicien una conversación con nosotros. Y si no podemos o no queremos hablar en ese momento, transmitírselo de manera en que no se sienta mal por ello: “Me encantaría hablar contigo pero ahora mismo no puedo/no me encuentro bien/estoy ocupado (…) ¿Te importaría que hablásemos otro rato?”.

Es importante favorecer que los más pequeños expresen sus emociones, que se sientan cómodos con ellas y sean capaces de identificarlas efectivamente. Para ello, cuando expresen por ejemplo que han tenido un problema con alguien, podríamos decirle: “Así que habéis discutido, ¿Te has enfadado con ella? ¿Estás triste por lo que ha pasado? Lo comprendo, es normal que estés así, ¿qué crees que podríamos hacer? Como se puede observar, les ayudamos a darle nombre a sus emociones y normalizar que las sientan, que es normal que las tengan y no tienen por qué rechazarlas.

Por supuesto, para que todo esto se lleve a cabo, nosotros debemos ser también conscientes de nuestras emociones: aprender a regularnos, y mostrar a los niños nuestros sentimientos con naturalidad.

Para terminar, algo que debemos tener siempre presente: Un niño es un niño. Está en desarrollo, al igual que sus capacidades para dar lógica a las emociones y actuar racionalmente. Un niño es un niño y actuará como tal: con la mejor educación va a portarse mal, va a tener berrinches, va a gritar, va a incumplir sus tareas… La clave está en como lo gestionamos. Teniendo en cuenta esta perspectiva de la disciplina positiva, debemos aprender a regularnos para poder emplear técnicas de esta disciplina como las anteriormente descritas. Validar que el niño está enfadado/frustrado conectando con él e incluso darle un abrazo o decirle que le queremos, antes de comenzar a dialogar cuando se ha portado mal. De este modo, su activación emocional se reduce, y va a ser más probable que razone con nosotros, ya que en medio de un estallido emocional no lo podrá hacer del mismo modo. Les damos a los niños la oportunidad de identificar, comprender y aceptar cómo se sienten, y de dar sentido al por qué se sienten así, lo que facilitará su educación, la relación y la optimización de su desarrollo.

En resumen: en la educación de un niño las claves son: que se sienta querido, respetado, integrado en el núcleo familiar independientemente del tipo de familia, a la vez que se mantiene una disciplina positiva.

Ana Belén Correa
Realiza la formación práctica de Psicología en Centro Vitae psicología
Prácticum psicología Universidad de Zaragoza

* Foto © Black Photo Studio

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